La aventura de la alegría

Sturla

Uno de los cardenales creados más recientemente es el salesiano monseñor Daniel Sturla, arzobispo de Montevideo. Su lema episcopal, desde que fuera nombrado obispo auxiliar de la capital uruguaya, es ‘Servir al Señor con alegría’. Un lema muy salesiano y que enlaza con el carisma de Don Bosco.

El Beato Pablo VI escribió una Exhortación apostólica, Gaudete in Domino (1975), muy recomendable para meditar en estos tiempos de la urgente llamada del Papa Francisco de salir a las periferias. Allí se cita a Don Bosco como uno de los santos de la alegría. Al leerla, apreciaremos que la disponibilidad y la inmediatez del anuncio del Evangelio va acompañado de esa misma alegría experimentada por María en el Magnificat.

A veces, ciertos cristianos confunden la alegría con la serenidad, con la paz interior, pero entonces se asemejan a la estatua de un Buda feliz y sonriente. No es extraño que Don Bosco se mostrara contrario a esa melancolía disfrazada de apacibilidad. Descubrió, además, que el tiempo pasa más deprisa cuando se está alegre. La melancolía es sinónimo de lentitud y estancamiento. Una estatua nunca saldrá al encuentro de nadie, porque no tiene emociones ni sentimientos.

Tampoco la alegría consiste en el placer y en la diversión. Es indudable de que pueden ser manifestaciones externas de la alegría, pero es muy pobre reducirla a algo que es efímero. Don Bosco percibía que la verdadera alegría transmite deseos de cambiar algo, aunque el primero de los cambios haya de empezar por uno mismo. La alegría se manifiesta en un ardiente deseo de salir de sí, de ir al encuentro del otro. El fundador de los salesianos lo entendió cuando, a los diecisiete años, fundó la Sociedad de la Alegría, dirigida a sus compañeros de estudios. El cumplimiento de los deberes escolares y religiosos iba acompañado en ella de conversaciones y entretenimientos que ayudaran a estar alegres, pues lo que alegra y halaga al cuerpo, beneficia también al espíritu. Con el tiempo, Don Bosco encontró una cita del Eclesiastés que le serviría para señalar las páginas de su breviario: «No hay más felicidad que alegrarse y buscar el bien en la vida» (3, 12).

Así entendida, la alegría cristiana hace de la vida una fiesta, una aventura, una peregrinación como la de María, que, con una prisa alegre, se encamina a visitar a su prima Isabel (Lc 1, 39). Aventura fue también la vida de Don Bosco, que salió al encuentro de los jóvenes abandonados por una sociedad tan parecida a la nuestra, en los inicios de una revolución industrial que podía llevar al sacrificio y explotación del ser humano, en nombre de una fría productividad y de un beneficio desmedido. Pero erramos al pensar que la alegría sólo está al final de la aventura hecha peregrinaje. Está presente desde los comienzos del viaje. De hecho, toda la existencia de Don Bosco está marcada por la alegría de un camino hacia Dios, en el que se aceptan con confianza, llevado de la mano maternal de María Auxiliadora, todas las penalidades que puedan surgir.

El pan de la alegría   
Monseñor Daniel Sturla es un buen hijo de Don Bosco, porque también sabe transmitir alegría. Con ocasión de la fiesta del Corpus Christi, del pasado 22 de junio, decía:
«La felicidad está en la alegría, y la alegría no es material, la alegría es espiritual».
La alegría de la fe o, para ser más exactos, el pan de la alegría, salió aquel domingo a las calles de Montevideo. Es una imagen infrecuente en un país donde, desde hace más de un siglo, se ha fomentado una religión civil impregnada de laicismo y anticlericalismo. Ante ese panorama, no pocos reaccionarían refugiándose en una especie de fortaleza para no contaminarse con el mundo, y desde esa trinchera lanzarían sus dardos dialécticos contra el adversario.

No es ésta la actitud del obispo Sturla, ante los años que le aguardan en la archidiócesis de Montevideo. Bien podría pensar en los años juveniles de Don Bosco, en el internado de Chieri, cuando, antes de fundar la Sociedad de la Alegría, clasificaba a sus compañeros de buenos, malos e indiferentes. Sin embargo, pronto rechazó la idea fácil de juntarse sólo con los buenos. No es lo que Dios pide a un cristiano, pues el cristianismo no es una religión de los puros, que al final no lo son tanto. No cabe aislarse, sino jugar el partido de la vida, como decía Sturla en su homilía del Corpus. Este partido «se juega cada día en nuestros estudios y trabajos, en el taller y la oficina, en el tiempo del hogar».

El fundador de los salesianos y don Daniel Sturla coinciden en salir a las periferias existenciales para cumplir lo de: «Me presenté a los que no preguntaban por mí, me hallaron los que no me buscaban» (Is 46, 1). Dos salesianos que entienden la vida como servicio, y saben que el servicio es la verdadera alegría.

Autor: Antonio Rubio Plo/Alfa y Omega.

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